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Financiar la cultura es un acto político: cinco razones para sostener colectivamente los proyectos culturales

  • Foto del escritor: Dr. Jorge E. Retamal Hidalgo
    Dr. Jorge E. Retamal Hidalgo
  • 26 mar
  • 6 Min. de lectura

En tiempos en que la lógica del mercado coloniza progresivamente todos los ámbitos de la vida social, la cultura suele quedar expuesta a una pregunta que revela más sobre quien la formula que sobre el objeto al que apunta: ¿para qué sirve? La pregunta presupone que el único criterio de valor legítimo es la rentabilidad privada inmediata, y que aquello que no genera utilidades individuales cuantificables carece de justificación pública.

 

Este artículo propone una inversión de ese razonamiento: son precisamente las dimensiones de la cultura que escapan a la lógica del mercado las que hacen de su financiamiento colectivo una necesidad estructural de cualquier sociedad que aspire a ser justa, libre y capaz de reconocerse a sí misma.

 

Dependencia económica y empobrecimiento cultural: la lección de Celso Furtado

El economista y pensador brasileño Celso Furtado fue uno de los primeros intelectuales latinoamericanos en teorizar la relación estructural entre subdesarrollo económico y colonización cultural. En su obra Creatividad y dependencia (1978), Furtado argumentó que las economías periféricas no solo exportan materias primas e importan manufacturas, también exportan su capacidad creativa e importan modelos culturales, marcos estéticos y jerarquías simbólicas producidas en los centros. Este proceso no es accidental, sino que responde a una lógica de acumulación que encuentra en la dependencia cultural una de sus formas más eficaces de reproducción.

 

La consecuencia directa de este diagnóstico es que la producción cultural local, especialmente aquella que no se ajusta a los formatos rentables del mercado global, tenderá sistemáticamente a la infraproducción si se abandona a las fuerzas del mercado. Los proyectos culturales que investigan la historia oral de los pueblos, que trabajan con expresiones artísticas territoriales o que difunden el pensamiento crítico latinoamericano generan un valor social que el precio de mercado es estructuralmente incapaz de reflejar. Financiarlos colectivamente es, en términos de Furtado, una decisión de desarrollo, la afirmación de que una sociedad tiene el derecho y la capacidad de producir su propia cultura con autonomía.

 

Conscientización y cultura: la herencia de Paulo Freire

Paulo Freire demostró, desde la práctica pedagógica en el nordeste brasileño, que la conciencia crítica no es un atributo natural del ser humano sino el resultado de un proceso de formación que ocurre necesariamente en la relación con el otro y a través de la palabra compartida. Su concepto de conscientización –el tránsito de una conciencia ingenua, que acepta el mundo tal como se presenta, hacia una conciencia crítica, que lo problematiza y busca transformarlo– es inseparable del acceso a la cultura como práctica de diálogo y reflexión colectiva.

 

En su obra Pedagogía del oprimido, Freire advirtió que los sistemas de dominación operan también a través del silenciamiento cultural, cuando los sectores populares carecen de espacios para nombrar su propia experiencia, para producir sus propias narrativas y para debatir colectivamente el mundo que habitan, quedan confinados a lo que él llamó la cultura del silencio. Los proyectos culturales financiados colectivamente son, en este marco, espacios de ruptura de ese silencio, lugares donde la ciudadanía ejerce su derecho a la palabra, desarrolla la capacidad de leer críticamente la realidad y construye las condiciones de una participación democrática genuina. Una sociedad que recorta el financiamiento cultural no solo empobrece su vida artística, erosiona las bases materiales de su propia capacidad deliberativa.

 

Memoria, historia y responsabilidad con los que vendrán: Leopoldo Zea y Enrique Dussel

El filósofo mexicano Leopoldo Zea argumentó a lo largo de toda su obra que América Latina no puede construir un proyecto propio de futuro sin antes hacerse cargo de su historia, una historia de negaciones, de voces acalladas, de culturas subalternizadas que esperan ser reconocidas. Para Zea, la identidad latinoamericana no es un dato previo a la reflexión, sino una tarea filosófica e histórica que requiere el esfuerzo activo de recuperar lo que ha sido sistemáticamente marginado. Ese esfuerzo de recuperación es, fundamentalmente, un trabajo cultural, de archivo, de memoria, de reinterpretación.

 

Enrique Dussel, desde su Ética de la Liberación, complementa esta perspectiva con una dimensión explícitamente intergeneracional. Para Dussel, la ética latinoamericana debe partir del reconocimiento de las víctimas históricas –los pueblos colonizados, los trabajadores explotados, las comunidades despojadas– y proyectar esa responsabilidad hacia el futuro, no reproducir las condiciones que generaron esa victimización. El acervo cultural –las lenguas originarias, las tradiciones orales, las memorias comunitarias, las expresiones artísticas– representa el legado de quienes resistieron y produjeron en condiciones de adversidad. Permitir que ese acervo se destruya por abandono financiero es perpetuar, en otra forma, la misma lógica de negación que Dussel denuncia. Financiar cultura es, en este sentido, un acto ético de responsabilidad con las generaciones que construyeron lo que hoy habitamos y con las que vendrán a habitarlo después.

 

Colonialidad del saber y soberanía epistémica: Quijano, Mignolo y Rivera Cusicanqui

Aníbal Quijano acuñó el concepto de colonialidad del poder para describir la persistencia, después de la independencia política formal, de estructuras de dominación que operan a través del control del conocimiento, la estética y la subjetividad. La colonialidad del saber implica que los marcos conceptuales con que las sociedades latinoamericanas se piensan a sí mismas han sido producidos predominantemente en los centros académicos y culturales del Norte Global, y que esta dependencia epistémica reproduce relaciones de subordinación incluso cuando ya no existe dominación política directa.

 

Walter Mignolo desarrolló este argumento hacia lo que denominó desobediencia epistémica, la decisión política y cultural de producir conocimiento desde las propias experiencias históricas, con categorías surgidas de las realidades locales, en lugar de aplicar acríticamente marcos teóricos importados. Y la socióloga boliviana Silvia Rivera Cusicanqui, desde su concepto de ch’ixi, la coexistencia de elementos distintos sin síntesis que los disuelva, ha insistido en que la autonomía cultural de los pueblos originarios y mestizos latinoamericanos depende de su capacidad de sostenerse económicamente sin subordinar su producción a los criterios de financiadores externos.

 

Cuando los proyectos culturales dependen de recursos externos para sobrevivir, incorporan inevitablemente las prioridades temáticas, los formatos aceptables y las jerarquías de valor de quienes financian. La autonomía económica de la cultura local es, en la línea de estos tres pensadores, una condición de posibilidad de la soberanía epistémica, el derecho de un pueblo a producir su propio conocimiento, a narrar su propia historia y a nombrar su propia experiencia con las palabras que brotan de ella.

 

Geocultura y hospitalidad intergeneracional: Rodolfo Kusch y Silvia Rivera Cusicanqui

El filósofo argentino Rodolfo Kusch desarrolló el concepto de geocultura para señalar que la cultura no es un ornamento superpuesto a la vida social, sino la forma en que un pueblo está en el mundo, su manera de habitar un territorio, de relacionarse con el tiempo, de transmitir modos de ser que no siempre pueden codificarse en textos escritos o en instituciones formales. Para Kusch, la cultura popular latinoamericana, con sus rituales, sus formas de celebración, sus maneras de elaborar el duelo y la alegría, es una sabiduría que se transmite en la práctica compartida y que muere cuando se interrumpen los espacios de encuentro donde esa transmisión ocurre.

 

Silvia Rivera Cusicanqui ha complementado este pensamiento señalando que la transmisión cultural intergeneracional en América Latina enfrenta un doble desafío, por un lado, la presión de los mercados culturales globales que estandarizan las formas de expresión y disuelven las particularidades locales; por otro, la dificultad de las nuevas generaciones de encontrar espacios donde esa herencia cultural esté viva y disponible para ser apropiada, discutida y transformada.

 

Los proyectos culturales financiados colectivamente son precisamente esos espacios. Los ciclos de conferencias, los talleres de creación, los archivos comunitarios, las revistas de pensamiento crítico, todos ellos crean condiciones de encuentro donde distintas generaciones comparten experiencias, negocian sentidos y construyen una memoria colectiva que es la condición de posibilidad para que quienes llegan encuentren un mundo suficientemente habitado. Una sociedad que desinvierte en cultura no solo empobrece su presente, sino también reduce su capacidad de recibir a las nuevas generaciones con dignidad, de ofrecerles referentes desde los cuales construir su propia identidad y de transmitirles la responsabilidad de, a su vez, seguir transmitiendo.

 

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Fundación FALLA opera desde la Región de Los Ríos con la convicción de que el pensamiento latinoamericano requiere espacios autónomos de circulación, producidos desde el propio continente y sostenidos por sus propias comunidades. Nuestro ciclo de conferencias internacionales, la Revista Dislocadxs y nuestras actividades de difusión pública son expresiones concretas del principio que guía este artículo, que financiar cultura es un acto político de afirmación de la soberanía, la memoria y la hospitalidad de nuestros pueblos.

 

Cada aporte contribuye a sostener un espacio donde el conocimiento circula con libertad y donde las nuevas generaciones encuentran un lugar desde el cual formarse, disentir y proyectarse.

 

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